Martes, 16 de septiembre de 2008

India, impresiones de un Pais.

Delhi. Parte 2

Agosto 1.983.

AUTOR: José Enrique González Palma (www.JoseEnriqueGonzalez.com)

La propiedad intelectual, tanto de los textos como de las fotos, pertenecen al autor, por lo que está prohibida la reproducción total o parcial sin expresa autorización.

 


Unos pasos más adelante, un pequeño y destartalado carrito de madera, pintado con dibujos que parecían ser de épocas muy anteriores, presentaba un recipiente empotrado en la superficie superior que sobresalía de ella, en el que se encontraba un revoltijo de amarillo arroz de dudoso aspecto y que con un cucharón, algo desgastado y amarillento, era repartida a los compradores que hacían cola alrededor en unos originales platos: trozos de hojas de un árbol llamado betel. Los comensales, tras degustar su cena que, por supuesto era cogida con los dedos de la mano derecha, a modo de cuchara, se limpiaban en un trozo de paño que, próximo al improvisado y móvil restaurante, colgaba de una oxidada puntilla clavada en un árbol cercano, tenía aspecto como de paño almidonado y su color no se apreciaba bajo la capa de grasa acumulada.

Observando con curiosidad tienda tras tienda, cruzamos unas calles y regateamos en una de mejor aspecto, por unas camisas de algodón puro bordado y, después de unos 20 minutos, las adquirimos por un importe aproximado equivalente a 450 pesetas cada una.

En un cobertizo próximo confeccionaban Kurtas en algodón puro (especie de traje ancho muy apropiado para soportar el fuerte calor), todo a medida y por el módico precio equivalente a unas 400 pesetas.

Al otro lado de la calle había un grupo de frágiles locales atestados de público y, aunque su aspecto algo occidental nos desilusionó, entramos en una pequeña tienda donde se vendía de todo y nos interesamos por un perfume y, al instante, sonó una canción interpretada por el famoso cantante español, Julio Iglesias como signo de bienvenida al conocer nuestra procedencia.

Nos atendieron con simpatía vendiéndonos algo poco habitual, tanto por el precio, como por la cantidad de venta, un frasco de perfume de caballero, todo ello mientras intentábamos bebernos unos linkas (especie de Fanta a lo hindúGuiño entre la multitud que nos rodeaba.

Unas voces y un gran revuelo se produjo en las inmediaciones, lo que se tradujo en una gran sensación de inseguridad en un lugar tan apartado y lejano, y sin entender el lenguaje local.

Hicimos tiempo dentro de una pequeña tienda de bolsos hasta que se aproximaron unos policías en viejas motos y un coche patrulla, que restablecieron el orden alterado por un pequeño robo en uno de los comercios devolviendo la normalidad en la calle, y las personas con sus coloridos saris o con los sucios kurtas y lucidos turbantes, volvieron a entrelazarse en sus caminos dando un aspecto caótico a una multitudinaria masa humana en continua ebullición.

En nuestro paseo, nos abrumaban vendedores empeñados en admirarnos con unas agujas que, picoteando una tela, hacía bonitos bordados de vivos colores, o lo barato que eran unas rudimentarias marionetas. Otros insistían incansables, sobre todo chicos de corta edad, en limpiar nuestros zapatos, y para provocar la necesidad, observamos que algunos portaban en su mano izquierda, oculta en su espalda, excrementos de vaca que de manera imperceptible, colocaban sobre los zapatos para ofrecerse a limpiarlos y dejarlos brillantes por unas cuanta rupias.

Se hizo tarde y emprendimos el regreso al hotel pasando por rudimentarios puestos ambulantes que vendían frutas tropicales.

Nuestra cámara captaba las coloristas escenas que nos rodeaban y, en el camino, nos cruzamos con un compañero de viaje, Fernando, algo trastornado pues contó que unos hindúes le ofrecieron fumar en una gran pipa, lo que hizo y, posteriormente, lamentó. También nos comentó que adquirió varias piezas de mango a 2 rupias, pero al intentarlo nosotros no bajaron de 3 por pieza, por lo que rehusamos de comprar.

Una amplia puerta daba paso a los jardines del hotel y, tras cruzarlos, nos facilitó la entrada el respetuoso, servicial y gentil portero de lujosa indumentaria y rojo turbante.

Recorrimos los alfombrados pasillos que discurrían entre tiendas hasta la zona próxima a nuestra estancia, en cuya puerta nos esperaba un empleado con colorido turbante y rojas vestimentas, que nos solicitó las llaves para facilitarnos la entrada, cambiar el agua hervida por otra fría, destapar las camas, conectar el aire acondicionado y encender el lento ventilador del techo para difundir el fresco.

Respiramos hondo al quedarnos solos y poder aliviarnos del sofocante calor, con una buena ducha, y relajar nuestros castigados músculos por unos instantes en las confortables camas y el susurro de la música ambiental, hasta que nos volvió a la realidad la implacable alarma del reloj de pulsera.

Repuestos y con mejor aspecto, nos dirigimos al gran salón con pórticos de columnas, y donde el monótono susurro del girar de unos ventiladores semiocultos, crean un ambiente relajado y agradable, para esperar a algunos compañeros de viaje, tomar alguna copa, cambiar impresiones y contarnos experiencias, hasta la temprana hora de la cena .

Unos camareros lucían llamativas y exóticas vestimentas, sus grandes turbantes rojos que resaltaban sobre el blanco inmaculado de la ropa.

Pasamos al comedor acompañados por dos jóvenes hindúes amigos de nuestro guía, y que esta noche cenaran con nosotros.

Ceremoniosamente, somos atendidos y servidos, comenzando la cena con unos entremeses muy picantes que nos induce a tomar la mala, pero refrescante cerveza fabricada en Bombay.

La cena fue exquisita, abundando las ensaladas, vegetales cocinados acompañando a carnes, brochetas de langostinos, como es habitual, muy picantes, postres compuestos por frutas y helados, y al final, el delicioso te indio servido en la artística vajilla de plata.

Hablamos con los acompañantes sobre las costumbre y riquezas de la India, sus negocios, sus familias, pero todo su interés se centraba en leer el porvenir a las chicas, tocándoles las manos con la excusa de la lectura. A continuación pasamos a un salón más pequeño, profusamente decorado y con suelo de blanco mármol, situado en alto respecto al restaurante, con mesas redondas sobre vástagos metálicos. Nos volvieron a servir te y café mientras los invitados hindúes estrechaban amistad con algunas componentes del grupo, mientras aumentaba el brillo de sus ojos, y sus manos se alargaban.

La sobre mesa se prolongó un par de horas, manteniendo las conversaciones con los invitados parte hablada y parte mediante gestos, lo que hace divertida la noche hasta que Leny, mi esposa, leyó las manos de los hindúes adivinándoles su condición de comerciantes y otras interioridades familiares que dejaron perplejos a ambos y, un poco aturdidos, nos invitaron a una sala de fiestas , a la que rehusamos de ir agotados por el intenso día y el sofocante calor de Delhi.

 

Al siguiente día hicimos una visita panorámica de toda la ciudad, tras la cual, cuatro personas fuimos otra vez al Fuerte Rojo para adquirir algunos regalos y seguir interesándonos por los marfiles pintados, lo que nos costó hasta el medio día sin llegar a un acuerdo.

Por la tarde decidimos volver para terminar con las negociaciones, para lo que discutimos el precio con un taxista y, junto con Fernando que se ofreció a acompañarnos, indicamos al chofer y su acompañante que nos llevara a Red Fort. En el viejo vehículo recorrimos las calles conocidas, barrios nuevos, zonas más inhóspitas, hasta que nos paró en un barrio de chabolas enclavadas en una zona terriza apartada de la parte urbana, indicándonos que aquello era Red Fort, lo que negamos como podíamos, pero al parecer, no nos entendían.

Una multitud curiosa rodeó el taxi, mirando por los cristales al interior. Cientos de niños muy sucios y casi desnudos acudieron al espectáculo y algunas jóvenes madres con los niños apoyados en las caderas, nos miraban con extrañeza e inquietante curiosidad.

Bastantes asustados pero con voz alta y firme, ordenamos en ingles que nos llevaran a la policía en repetidas ocasiones y, algo entendieron que, poniendo en marcha el vehículo, comenzamos a recorrer los caminos hasta que, delante de nosotros, reconocimos la silueta del Fuerte Rojo que buscábamos y, nada más estar próximos a los guardias de la gran puerta de entrada, abandonamos el vehículo para sentirnos seguros y poder gozar del espectáculo que es este gran bazar.

El cuadro sobre marfil firmado en el reverso por su autor, un conocido pintor hindú, aún estaba en el establecimiento y, como ya teníamos avanzadas las negociaciones sobre su precio, llegamos a un acuerdo en poco tiempo y, junto a unos llaveros de palo rosa, lo adquirimos para disfrute de su arte y recuerdo de un viaje por el país de las mil y una noche.

La programación para la noche incluía una representación de danzas y cantes típicos, a las que nos llevaron en un confortable y muy frío autocar.

La representación teatral y las danzas, se realiza en un amplio local donde la temperatura es elevadísima, moviéndose el aire con unos grades y potentes ventiladores situados a ambos lados del escenario, lo que sólo producía una corriente de aire caliente, y debido a la hora que era, a la digestión del almuerzo y la temperatura, además de las ininteligibles danzas y canciones, nos vence el sopor e incluso creo que llegamos a dormirnos en algún momento.

 

Tras finalizar la función, recorrimos con el autocar varias calles y plazas repletas de una multitud de personas que se entremezclaban con otras en bicicletas, los taxis, las vacas andando o echadas en medio de la calzada, todo en un aparente desorden caótico que no evitaba la fluidez incomprensible de aquella informe multitud.

Un agente de tráfico intentaba alternar el paso de los vehículos y personas con amplios gestos como de danza, haciendo sonar constantemente su silbato sin parar conjuntamente con sus movimientos coreográficos.

El atardecer enrojecía el cielo en el horizonte y en su contraluz, se dibujaban las siluetas de los grandes pájaros que regresaban a sus árboles, con un clamor de graznidos ensordecedor, para pasar la calurosa noche.

Los grandes templos hindúes se abarrotan de fieles al atardecer, y cientos de guirnaldas repletas de pequeñas luces multicolores, cuelgan desde las cúspides de sus cúpulas hasta las balaustradas de sus cerramientos, creando un ambiente festivo y multicolor que favorece la magia de la oración.

En poco llegamos a una calle principal, en la que se encuentra el lugar donde cenaremos. Se trata de un restaurante al aire libre, llamado Moti Majal, en el que sobre la tierra apisonada y regada para refrescarla, se encuentran unas mesas para ocho personas, con unos bancos de madera como asientos.

No hay carta para solicitar la comida, es un menú previamente diseñado y que incluye la especialidad de la casa, que es el pollo, muy pequeño, hecho al horno tradicional hindú, tandoori, aparte las ensaladas y brochetas de langostinos.

La forma de preparar el pollo es con abundantes especias como el comino, y cilantro, jengibre, limón, cúrcuma, así como el famoso curry, y al tener un sabor bastante picante, da la impresión de que satisface poco, además de ser piezas de pequeño tamaño, por lo que para los dos, pedimos ¡ocho pollos!

Como segunda parte tomamos unas brochetas de langostinos de carne muy tersa y de aspecto poco reconocible como tal, por lo que sospechamos que era serpiente, ya nos aseguraron que tienen un agradable sabor con similitud al pollo en su textura, y dudando sobre la procedencia la pusimos en duda a un camarero que, amablemente nos condujo hasta una zona trasera, donde nos enseñó que los enormes langostinos eran cortados longitudinalmente debido a su grosor, y despojados de la cabeza y cola una vez pelados, perdían la apariencia de marisco, después eran ensartados en una caña y entregados a un cocinero casi desnudo y de rodillas en el suelo, para que lo introdujera con su mano, en el tandoori, horno compuesto por una especie de tinaja enterrada en el suelo, en la que mediante las brasas en él depositadas, hornean los alimentos de una forma lenta y a una temperatura constante que tan buenos resultados culinarios reporta. El cocinero presentaba un brazo claramente tostado de introducirlo en el horno, donde además se depositaban en su lateral las tortas resultantes de amasar y estirar una masa de pan, para dar lugar al nan, pan ácimo, y que hacen de uno en uno para que se consuma caliente recién echo.

Aún no teniendo sensación de saciedad, la cantidad de alimentos ingerida era importante, para lo que pusieron varios recipientes conteniendo semillas de matalahúvas y azúcar en cristales del tamaño de caramelos y que, masticados juntos, tienen un agradable e intenso sabor a anís siendo muy digestivo.

La noche empieza a cubrir con su negro manto el cielo de Delhi, ya no se oyen los graznidos de los pájaros, el murmullo de la ciudad comienza a menguar y unos cables con bombillas equidistantes se cruzan sobre nuestras cabezas, iluminando el recinto y evitando la espectacular vista de un cielo poco contaminado, donde brillan parpadeantes, miles de estrellas e irradia paz y tranquilidad espiritual en el País de los gurús y santones, del yoga y la magia, que es India.

Así sentí India, así sentí Delhi.

 

Autor: José Enrique González Palma

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Tags: India, delhi

Publicado por J.Enrique @ 14:11
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Comentarios
Publicado por chicaviajera
Lunes, 13 de octubre de 2008 | 17:39
Increíble tu historia, te cuento yo visite Atitlan en Guatemala, tuve una experiencia fantastica, la gente fue rebuena conmigo, la vista que tuve en mi hotel fue espectacular, por ciero me hospede en La Riviera de Atitlan http://www.larivieradeatitlan.com